Juegos eran los de antes.

No soy un dinosaurio. Ni siquiera he llegado a las cuatro décadas. Pero hay ciertas cosas a las que no logro acostumbrarme.
No es que pretenda que el mundo no avance o no evolucione, pero en realidad, me parece que va demasiado rápido. Aún no he aprendido a descifrar los trucos del Family Game y sé que algún día alcanzaré la final del Tehkan World Cup, a pesar de mi pobre destreza para los videojuegos. De todas formas, no me desalienta esa ineptitud para los juegos desarrollados en bits.
De hecho, considero que he avanzado mucho en el desafiante y novedoso Arkanoi. Ya voy por el nivel 12 de los arduos 33 por lo que ya disfruto las mieles del triunfo. Otro de los juegos que me permite decir que soy un campeón sin pecar de vanidoso, es el Tetris. ¡Ese videojuego de puzzle ruso sí que me ha hecho trabajar! Acomodar todas esas figuras geométricas no me ha resultado sencillo ni mucho menos. Pero lo he conseguido, casi a la perfección.
Puedo estar horas acomodando piezas que ya no se me forman esas interminables pilas. Y todo, se lo debo a mi última adquisición, una flamante Commodore 64. ¡Puff! ¡Qué máquina! ¡Qué velocidad! Pero hubo un juego que me marcó. Un juego lejano de los bits y de las máquinas arcade, que sin dudas ha contribuido a mi desarrollo intelectual.
El Simon. Considerado más un juguete que un juego, el Simon medía nuestra capacidad para memorizar una secuencia de eventos; en este caso colores y sonidos. Se iluminaba un color y luego otro, teniendo que seguir la sucesión hasta alcanzar el máximo posible a medida que aumentaba la velocidad.
Todavía lo conservo como un tesoro, que seguramente, heredarán mis hijas. Aunque claro, los tiempos y los juegos han cambiado.
Conoce más profundamente el Super Simons
Escrito por Amauri Baroja






